Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, Monóvar - Lourdes Jaen


   
  Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, Monóvar
  Lourdes Jaen
 
RECORRE FELIZ LOS NUEVOS SENDEROS DE LA LUZ Y DE LA VIDA

Hablar de alguien cercano y con un vínculo tan grande como el que tuve con mi hermana Lourdes, impide en ocasiones discernir con claridad a la hora de escribir con la razón, en lugar del corazón.
Hecha esta matización y a riesgo de que el contenido del artículo carezca de imparcialidad para el lector, me dispongo a dejar que mis emociones fluyan plasmándolas sobre un folio en blanco, cual pintor con sus pinceles y colores, lo haría sobre un lienzo.

Hay muchas maneras de narrar la vida de quienes nos dejan, pero que difícil resulta cuando se trata de destacar la valentía ante las adversidades de una persona tan joven y con tanta vida por delante.
Para cuando esta publicación vea la luz, las cicatrices habrán sanado en parte, pero siempre quedará su marca en el corazón de quienes tuvieron el placer de conocerla.

Entre nosotros siempre hubo una conexión muy profunda, el vivir bajo el mismo techo facilitó que tanto los éxitos como los fracasos se vivieran en familia; cuantas confidencias y recuerdos compartidos en esos cuarenta años.  

Recuerdo el primer día en el que acudimos a la primera consulta de oncología en el hospital y te diagnosticaron la enfermedad, con que templanza y valentía la asumiste. Parecías más preocupada por como transmitirlo al resto de la familia, que en lo que para tu vida suponía lo que una fría y desalmada oncóloga te explicó en esa primera cita (que poca sensibilidad y profesionalidad). De vuelta a casa, y para no alarmar más de la cuenta, convenimos hasta donde podíamos contar.

Desde esa primera consulta hasta tu partida apenas pasó poco más de un año. Me vienen a la memoria algunos momentos significativos, como lo bien que lo pasamos en navidades y fin de año, la emoción y risas en la noche de reyes o la ilusión por salir de cofrade en Semana Santa acompañando a la Soledad. Hasta esa fecha con la medicación y tratamiento hacías prácticamente una vida normal. Pero pasada la Pascua todo se descontroló con una virulencia similar al incendio de un gran bosque con varios focos activos, que cuando llegas a controlar una zona se aviva otra.

Después de cuatro meses con mejorías y recaídas tratando de controlar los frentes abiertos, llegamos a la habitación doscientos ocho en la segunda planta del hospital. Tus fuerzas eran limitadas, el innombrable te estaba ganando la batalla, pero tú en ningún momento arrojabas la toalla o mostrabas signos de flaqueza. A pesar de todo, querías vivir.

Esa fatídica noche del nueve de agosto de dos mil veintidós la pasamos juntos, ¿lo recuerdas? tú apenas podías dormir por molestias en la espalda, mientras yo le quitaba importancia achacándolo a una mala postura en el sillón. Un leve masaje en la zona aliviaba los síntomas, pero al rato otra vez regresaba ese molesto dolor. Con el paso de las horas iba creciendo tú incomodidad y traté de transmitirte tranquilidad diciéndote que allí tenían medicación capaz de quitar ese dolor, como para llenar un barco, y que no te faltarían dosis hasta que cesara el dolor y consiguieras relajarte, y así fue “voy a pedir que te pongan un poco más, vale” a lo que tú asentiste con la cabeza.

Sentado sobre tu cama, mi mano abrazó la tuya “respira despacio y tranquila, que estoy aquí” te decía, mientras tú tratabas de aferrarte a la vida. No solté tu mano… como en las películas de ficción, esperaba que a través de ella fluyera parte de mi energía para salvar tu vida. “Valiente guerrera, respira tranquila que estoy contigo” repetía una y otra vez. Quiero pensar que, en ese momento, me acompañaste en un viaje fugaz a tantos momentos bonitos, a tantas risas y complicidades compartidas, a tanta vida vivida juntos… antes de que un ángel de Dios bajara del cielo a por ti y se cerraran para siempre tus bonitos ojos verdes.
A pesar de todo el tiempo que pasamos juntos, siento que nos faltaron días para despedirnos.

Presioné fuerte tu mano, pequeña, frágil y agotada por tanta batalla. Te encontrabas tan segura a mi lado, que en ese instante sentí que te había fallado…, pero créeme Lourdes, nada más pude hacer por tu vida, nada más pude hacer por ti… nada más…

Afortunadamente me dejas con muchos recuerdos y con las largas conversaciones que mantuvimos en esos viajes a Valencia en busca de un tratamiento nuevo, a Alicante para tus sesiones de radioterapia o al hospital a recibir la quimio, mientras en el coche sonaba de fondo tu selección musical preferida.

Aunque tú, siempre tan prudente y humilde nunca lo pedías ¡cuanto te gustaba que pasara a por ti los fines de semana para ir a visitar grandes superficies o comercios, salir a pasear, o cenar por ahí! Cada uno de esos viajes fue una lección para mí. Me enseñaste a sufrir con paz y serenidad, a pesar de todas las adversidades que iban surgiendo en tu día a día, y ahora que tu voz ha callado con la muerte, tu corazón me sigue hablando cada día.

Aunque lamento profundamente tu ausencia, tengo la certeza de que se hizo la voluntad de Dios y que ahora, aunque no te veo estás aquí conmigo, que solo estás al otro lado y me vigilas y me cuidas. Que lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo. Que no estas lejos… tan solo a la vuelta del camino.

Como sabes las cosas por casa apenas han variado; a pesar del tiempo transcurrido la mamá se entristece cada mañana al ver tu sillón vacío, tus mascotas están bien cuidadas (aunque no con el cariño con el que tú lo hacías), tu habitación sigue manteniendo el mismo aspecto que cuando marchaste y yo he recuperado la rutina diaria. Aparentemente todo está bien... pero si un sentimiento común invade la casa, es que echamos en falta tu presencia física, tu voz, tu sonrisa, tu ternura, tu todo...

Cuídate, cuídanos, nos veremos… tan solo estas a la vuelta del camino.

Francisco Jaén


 
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nació el 27 de Enero de 2008.

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